El Evangelio del Niño Fidencio

nino
El Evangelio del Niño Fidencio
Novela
Acero, 2008
cuadrito
cuadrito

El viento arrastra su carga envuelta entre los matorrales, corre sobre llanuras espinosas, calcinadas. Avanza con el vientre pegado al suelo y se adentra hasta que acaricia con sus escamas el dorso seco de Espinazo.
Entra a esa casa verde limón, llega hasta su cama y agita esa bata blanca y ese cabello sobre la almohada. Consuelo abre los ojos, levanta la cara.
Mamá.
Enrique sigue dormido. Ella se levanta y se sienta a su costado.
Mamá.
Ese aire sujeta y se lleva a Consuelo a atravesar los pasillos de esta casa cuya oscuridad reseca sus ojos negros.
Mi mamá.
La mujer de cabello suelto y bata grande recorre la casa bajo esas vigas con telarañas. Va por el pasillo y cruza la habitación de sus padres; llega ante la cama de cada hijo: Fabiola, América, Herminia, Consuelo, Silvia y Plutarco Enrique, y pasa ante la de Ulises.
La casa duerme.
Sale al patio, donde el viento mueve los arbustos.
Y tanto desierto.
Tanto desierto en Espinazo.
Los dedos de sus huellas se esparcen y se borran pronto bajo el calor de esta noche.
Desde la oscuridad, entre la polvareda brillante, se acercan tres bultos grises.
Ahí vienen, por el camino de Consuelo. El viento se les cuela por las mangas, por el cuello, entre los botones, entre las piernas.
Hasta que se le atraviesan, dormidas y con las greñas alborotadas, sus primas Francisca, Celedonia y Venustiana Villarreal.
Y acercan a ella sus caras erosionadas por tanto viento que las rasguña y se aleja.
Ese séptimo hijo que esperas va a salirte muy tierno.
Va a salirte muy tierno.
Muy tierno.
Y se quedan ante ella, sonrientes y desdentadas, y este viento les abre más huecos en las batas.
No: yo no estoy embarazada.
Y las primas se alejan por el camino, sin levantar polvo.
Mamá.
Mamá.
Mi mamá.
Y Consuelo camina hacia ese Pirulito que se agacha y languidece y, ya bajo esas ramas secas en que la noche se enreda, ante esa Piedra Caliza que duerme ahí desde hace años, se le mueve de golpe una comezón sucia dentro de la panza. Y le viene un dolor, un dolor, y desde dentro puja por salírsele un Pedazo De Carne, un Pez, un Gato, un Lechón.
Ella se tiende ahí, se recarga en el tronco.
Se oprime el vientre, aprieta párpados y quijadas.
Y de entre sus piernas escurre un agua que se pierde en la tierra seca bajo el árbol.
Consuelo puja, se levanta; hay tierra en sus rodillas y en sus codos.
El viento seca muy pronto aquella humedad entre sus piernas, sobre la tierra.
Y regresa, y todavía la noche espesa manosea sus cabellos.
Llega a la casa; ya tocan los pies de Consuelo los bordes de su piso quebrado.
Entra a su cuarto, se acomoda en la cama al lado de Enrique.
El viento se asoma por una ventana, con una mano alisa la sábana blanca y sigue su camino sobre las casas de adobe de Espinazo.
Y se va.
Y allá afuera le da tres vueltas al Pirul, cuyas ramas se agrietan.
Y en cuyas puntas revientan unos brotes verdes.
Mamá.
Mamá.
Mi mamá.
Consuelo duerme.
*
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