Dolores – El Vigilante

elvigilante
El Vigilante
Novela
Plaza & Janés, 2001
cuadrito
cuadrito

Cada familia tiene su casa y cada barrio su vigilante. Esta tarde despiertas con sed y con la lengua del perro sobre la cara. Los últimos autos zumban en torno a la caseta y tu gorra colgada no detiene a la gigantesca oscuridad que destroza el aire. Tus venas azulean bajo la piel de tus brazos y tus músculos se dilatan al fresco. La tarde cambia su plumaje por unas nubes rojizas. Las calles cierran sus ojos, se estiran, se recuestan a descansar. Los camiones frenan en la avenida, algunas ranas se mueven en el Río, se retira el aire diurno sobre tus orejas. Por los techos el viento acarrea pájaros y luz hacia aquel rincón del cielo en que los días terminan. Allá lejos, en el cañón, el crepúsculo azota su cuerpo contra nubes y montañas, contra la misma ciudad abajo, contra sus mismos habitantes que circulan por las avenidas y ya respiran fuera de sus casas, contra la invasión del olor a frijoles, pan tostado, leche tibia, carne seca y jícama con limón. Las escobas y los trapeadores vuelven a sus cuartos y los huesos cansados de mujeres y hombres se encuentran, se repelen, se pasean por sus casas para mover esta silla, aquel sartén, aquella toalla. Y en estas mismas calles, en algunos escondites, sobre los techos, en los fondos de los patios, en las paradas de camión, en los últimos camiones y en el último metro se echan a andar ya otros mecanismos, se despliegan las escaleras para abordar la noche. Y tú, Vigilante, te interpones entre los que se activan y los que descansan: un cuerpo grande en reposo no resiste más que el de un niño; una mujer llena de fuerza la abandona en la cocina o en el baño después de que estos crepúsculos dejan caer sus brazos amoratados en lo profundo del cañón.
Acaricia tu rostro aquella mano de brisa del Abuelo Viento.
Esa mano perdida.
Cerca de tu caseta permanece estacionado ese auto de cuyo interior surgen humedades.
Es un día de vientos de cuchillo.